Hay que recorrerlo, caminarlo, olerlo, mirarlo, escucharlo, saborerlo, sentirlo y aunque parezca repetitivo en la escena de las bolsas, los negocios, las pesas, los carros, los porteadores; todo y nada al mismo tiempo se repiten aquí.
Los aromas son infinitos, penetrantes, exquisitos. Hacen llorar, estornudar, reir, saborear, imaginar. Son bolsas y bolsas que se confunden y distinguen a la vez en calles atestadas de gente donde apenas hay espacio para caminar y donde de alguna manera ya se empieza a sentir el gusto por la increible cocina india.
La frontera no es solo una barrera levantada, aqui se es realmente uno mas entre tantos y tantos; no hay risa, ni llamado, ni pregunta, a lo sumo la camara despierta la atencion mas por esquivarla que por atraerla.
Todo es calle, todo es vereda; todo es negocio, todo es aroma, todo es bullicio a un ritmo que despierta y exige a todos los sentidos y no solo al olfato, es un principio: una de las tantas muestras de lo que puede ser India y el intento de conocerla.
Sigue el camino a Rajastan al oeste el desierto, la casa de los Marajas, la tierra de los camellos, las havelis, los fuertes y...las vacas.